Final de trayecto
La única suerte de Berta López fue ser la hermana de un genio. Eso pensaba cada mañana al despertarse, antes de poner un pie en el suelo, de calzarse las zapatillas, de sentarse en la taza del váter. Durante años creyó que su hermano debió de ser la respuesta a la plegaria de su madre, y ella, la primogénita, nacida al margen de todo pacto con dios, la semilla que el azar alojó en su vientre. La mujer de la maleta roja recuerda con todo detalle la habitación en penumbra. Amanecía y una luz tintada dominaba el cuarto del Samuel. Entonces el pequeño y blanco envoltorio rompía a llorar y el silencio estallaba en pisadas y en susurros que procedían del otro lado de la pared. La escena siguiente es una variación de la primera aunque los ruidos se suceden a un ritmo más armonioso. Su madre abraza a la criatura y baila con ella mientras entona una canción de cuna. El llanto del niño f...